CINE - Análisis de "La Ventana Indiscreta", de Alfred Hitchcock

18.09.2018

por Maximiliano Curcio

CRÍTICAS DE CINE

Rear Window, 1954 de Alfred Hitchcock

Nuestra opinión: Excelente

La película propone un juego, tan divertido, como enrevesado y lleno de detalles sobre el vouyerismo que todos tenemos dentro -y que es tan fácil de demostrar-, mezclando dicho elemento con lo que supone ser un espectador cinematográfico.

Como en muchas de sus películas, Hitchcock da comienzo con un travelling descriptivo sin necesitar una sola línea de diálogo para que el espectador tenga inmediatamente una buena cantidad de datos. Tras mostrar el patio interior de una serie de viviendas en una gran ciudad -en realidad un microcosmos como reflejo del ser humano en general, con todo tipo de personajes, una bailarina, una mujer solitaria, unos recién casados, un músico, una gimnasta, dos matrimonios adultos, etc-, se mete por la ventana de nuestro protagonista.

Hitchcock plantea dos líneas argumentales que prácticamente van de la mano. Por un lado la historia de amor entre Lisa (Kelly) y Jeff (Stewart), al borde del matrimonio para pesar del segundo; y por otro la sospecha por parte de Jeff de que en el edificio de enfrente se ha producido un asesinato, resultado de sus horas espiando a sus vecinos.

En dicha observación está la razón por la que Jeff se dedica a espiar a sus vecinos, huyendo de la responsabilidad de aceptar o no la proposición de matrimonio de Lisa, pensando que ésta, más acomodada a una vida de rico, no será capaz de acostumbrase al modo de vida de Jeff, siempre viajando y metido en peligros. Es en ese punto donde la película trasciende su juego cinéfilo y se transforma en algo más. 'La ventana indiscreta' es la victoria de una mujer al conseguir al hombre que ama entrando en su juego.

Hitchcock mantiene el punto de vista de Jeff, y la cámara no sale de la habitación en la que se recupera con una pierna enyesada, una habitación que representa su propio patio de butacas. Sólo en determinados momentos la cámara se acercará lo suficiente, por ejemplo en las tomas subjetivas del gran objetivo fotógrafo de Jeff, y otras como si se acercara a la ventana, nunca lo suficiente para poder ver con perfección. El espectador ve lo que Jeff ve, y sufre con él.

En "La ventana indiscreta" el espectador asume el punto de vista del protagonista como propio. Pero más que una simple asunción, hay una identificación casi plena con él. Tanto la posición de la cámara, siempre en el apartamento de Jeff y casi siempre mostrando la narración a través de sus ojos, como la inmovilidad de éste (como la del espectador) constituyen la esencia de ésta. Tras la ventana principal, Jeff observa lo que hacen sus vecinos, cada uno tras la suya. Jeff es un observador que no puede moverse ni tiene acceso a los otros mundos que observa, sólo puede, como un espectador, mirar desde su sillón. Se establece una correspondencia entre Jeff y el espectador, de modo que nos convertimos en éste al ver la película.

La observación de ese pequeño micro universo nos proporciona un pequeño poder. Somos espectadores privilegiados de lo que acontece al otro lado del patio. Los mecanismos del suspenso nos hacen conscientes de que nuestro privilegio es limitado, debido a la inmovilidad a la que como espectadores estamos sometidos. El acto de mirar sin consentimiento, de ser testigos de cada una de las historias desde la incorrección que supone el espiar vidas ajenas, constituye un obvio atractivo para el espectador.

Es el placer del voyeur, de ver sin ser visto. Desde el momento en que nos identificamos con el protagonista de la película, asumiendo su punto de vista como propio, el espectador se convierte en un voyeur, y la ventana es la mirilla por la que espía la intimidad de otras personas. Y disfruta con ello, tanto en cuanto es consciente de que no es del todo ético entrar en las vidas ajenas sin su permiso. Pero ahí entra en juego el placer de lo prohibido.

El espacio que recrea el filme es un patio de vecinos, pero es sobre todo una ventana confrontada a otras ventanas, o, más bien, a aquello que hay tras las ventanas. Tras ellas, hay una parte de lo que ocurre que se muestra, mientras otra permanece oculta. La ventana sirve para mirar, pero también limita la visión de lo que se ve, acotándola. La cámara, situada en el apartamento de Jeff, no puede enfocar más allá del marco de la ventana, de manera que se pierde una de las características clásicas del cine, la cámara que puede acceder a cualquier rincón. Se accede a un mundo restringido, ya que cuando los sujetos salen del campo de visión encuadrado por las ventanas la visión queda acotada, mutilada.

Esta visión parcial, fragmentada, provoca la curiosidad y la fascinación en el protagonista y en el espectador. La mirada es lo primordial, pero es una mirada mutilada, con límites. El mirar queda restringido a aquello que se muestra. De modo que se imposibilita el acceso a aquello que se desea mirar. El acto de mirar sin consentimiento, de ser testigos de cada una de las historias desde la incorrección que supone el espiar vidas ajenas, constituye un obvio atractivo para el espectador. Es el placer del voyeur, de ver sin ser visto.

Desde el momento en que nos identificamos con el protagonista de la película, asumiendo su punto de vista como propio, el espectador se convierte en un voyeur, y la ventana es la mirilla por la que espía la intimidad de otras personas. Y disfruta con ello, tanto y en cuanto es consciente de que no es del todo ético entrar en las vidas ajenas sin su permiso. Pero ahí entra en juego el placer de lo prohibido.

Pero además de las limitaciones espaciales que impiden ver aquello que transcurre más allá de las ventanas, hay otras limitaciones. En la película hay rupturas narrativas, las historias se interrumpen y se reanudan, intercalándose pequeños fragmentos de cada historia para hilvanar con coherencia la historia final. De esta manera, los diferentes acontecimientos se interrumpen y se dejan en suspenso para reanudarse posteriormente.

El mirar se convierte en tema principal de la película, e incluso es más importante la mirada que el objeto de la misma, primando el mirar sobre lo mirado. Y el

espectador ve mirar. Ve aquello que mira el protagonista, pero además le ve mirar. El mirar es un deleite, pero también una agresión a la intimidad, y un riesgo. O una tentación, un disparador para generar atracciones.

Ejemplifiquemos de la siguiente manera:

Stella y Lisa se convierten en cómplices de la obsesión de Jeff. Cuando Lisa se involucra en el acto de mirar, es cuando empieza a despertar el interés de Jeff, que alcanzará su mayor grado cuando acuda junto a Stella al patio para encontrar pruebas del asesinato, y después sola al apartamento del sospechoso. Conforme aumente el interés de Lisa hacia lo que está ocurriendo más allá del patio, aumenta el interés de Jeff hacia ella.

En otra escena, tras el asesinato del perro, Jeff, Stella y Lisa se muestran dispuestos a atravesar la frontera que supone la ventana. Mediante la carta primero y luego la llamada de teléfono, establecen un vínculo con el otro lado, traspasando la frontera. A partir de ese momento, la inseguridad acecha, y Thorwald también mira el patio, inicialmente con la mirada, después físicamente. Jeff finalmente también traspasa la frontera, aunque contra su voluntad, cuando es arrojado por Thorwald al exterior.

Las miradas nos aportan datos (a veces ciertos, otras erróneos), inducen a sospechas. Cuando Jeff observa a Thorwald cómo vigila atentamente al perro de la pareja entre las flores del patio, rápidamente sospechamos que ahí puede estar enterrada la señora Thorwald. Se produce un juego de miradas: la cámara "mira" a Jeff, que a su vez mira a Thorwald, que mira al perro. La cámara sigue la dirección de las miradas. El espectador, en un perverso teatro, observa a los habitantes de los apartamentos compartiendo con el protagonista su voyeurismo.

Volvamos un momento a la puesta en escena: en este pequeño universo que es el patio en el que transcurre la acción de La ventana indiscreta, los personajes de la película dan lugar a un repertorio de historias. De hecho, cada una de las ventanas observadas por Jeff alude a un género cinematográfico, como el thriller, la comedia romántica, el drama... También son una muestra de la clase media neoyorquina, e incluso un reflejo de la sociedad en general, un pequeño universo que se refleja en una ventana. Además, cada inquilino de los apartamentos contribuye a ofrecer un interesante estudio sobre las relaciones entre los sexos.

Como decíamos anteriormente, en el foco de atención veremos un hombre preso de sus propias limitaciones, quien se verá inmerso en un peligroso juego donde el voyeurismo se proyecta como una extensión de sus propias inseguridades. Las huellas de género marca registrada de Hitchcock aparecerán una vez más en este film: la profundidad de sus personajes, el uso de las sombras en la puesta en escena de por si limitada, el uso de simbolismos visuales o narrativos, los dilemas morales permanentes y el, de por sí, omnipresente manejo del suspenso a la manera de un genio, son elementos diseminados a lo largo de este auténtico y subyugante relato indiscreto.