CINE - Crítica: "El Sabor de las Cerezas" de Abbas Kiarostami (parte I)

27.09.2018

CRÍTICAS DE CINE

"EL SABOR DE LAS CEREZAS"

Por Beatriz Rizzo

BEA RIZZO
Diseñadora de Imagen y Sonido - UBA
Profesora Titular Guión I - UBA
Profesora Universitaria DG Y PRAV - UAI
Profesora Guión -Escuela de Cine de Uruguay- ECU
Maestrando en Análisis del Discurso- FFyL - UBA
Proteccionista Independiente/ Grupo Animaleras-San Martín..............................................
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PARTE I - De la Instancia Dramática: dilación de la ad. y construcción de sentido.

Este film de Kiarostami, de 1997, nos conduce por un lento camino hacia el precipicio, donde nos perdemos, donde es casi imposible hallarnos, donde la significación parece perderse, pero al encontrarla, descubrimos que es allí donde verdaderamente estamos y estaremos siempre. En una significación esquiva, a veces vacía, a veces dispuesta a ser apenas llenada, a veces simplemente no, en la incertidumbre de la no significación posible, o en la ilusoria significación de lo imposible de significar.Baadi parece querer algo muy simple (tal vez lo sea, por lo inherente a la condición humana): suicidarse. No sabemos por qué. Sobre esta acción central, el relato niega el saber.


Nunca será dicho. Una o miles de razones lo asisten, la decisión parece irrevocable, y la razón parece no importar, en esa negación narrativa. Su búsqueda es angustiante, está en su mirada, en su dar vueltas en un casi desértico y monótono lugar. Qué busca. Porque aún no sabemos nada. El nos develará, ante el primer posible pasajero de lo que él pretende sea casi su último viaje. Ha encontrado un pozo, ideal, un modo ideal de morir, pero falta algo. Que alguien, luego de cerciorarse de su muerte, eche sobre él veinte paladas de tierra. Qué dolor. Qué soledad, qué inminente angustia abismal. Cuánta precaria humanidad. Este pedido, simple y complejo, será pagado. Y será rechazado cada vez, por otras tantas razones.


Las acciones dramáticas son pocas, sin ánimo de contarlas, incluso todas son principales. El conflicto es que se aproxima la noche y él no encuentra quien le diga que sí. Hay algo de desorden entre lo moral y religioso que se debate en su deseo. Parece tan inmoral ese desear, como inmoral sería no recibir el ritual de la tierra sobre el cadáver.


El relato dura cerca de una hora y media, y cada búsqueda parece interminable, dilatada en una durabilidad que otro cine podría apreciar innecesaria: el cine de la acción.


Pero no estamos ahí. Hay acción dramática, no puede no haberla, pero ésta se dilata en pos de otras cuestiones.Baadi ha dado con un viejo taxidermista que en parte lo comprende y acepta su pedido. El le echará las veinte paladas, Baadi lo deja en su trabajo, pero una preocupación más lo acecha: que se cerciore de su muerte. Así lo hará.


Entonces, Baadi, esa noche, se prepara, seguramente, un cóctel de pastillas, un pozo en la noche, un auto con el dinero en el baúl, una tormenta que se avecina, y él allí, en la oscuridad de la muerte.El relato ha terminado. Si nunca sabremos la razón de su deseo, menos sabremos si se ha cumplido. El antes y el después, han sido cancelados, sólo nos queda lo que intermedia.¿Pero qué es?Vamos primero a la acción dramática y su dilación.


Tomo como ejemplo la anteúltima acción, su encuentro con el taxidermista que le dice que sí. Este encuentro es significativa en al menos dos sentidos fundamentales. La aceptación del pedido de Baadi, que resuelve su conflicto, y le posibilita acceder a su final, y otro sentido (¿será como el tercer sentido del que habla Barthes, como lo obtuso?), precipitado en el diálogo de este hombre que le cuenta sobre unas cerezas.


Hay un alejamiento extraño, una percepción contrapuesta. Un diálogo en primer plano sonoro, en unos planos abiertos y lejanos. Una ambigua espacialidad y un tiempo continuo que escinden la percepción.


La duración del diálogo, o monólogo, si se prefiere, es larga quizás, para lo que cuenta pero perfectamente en el ritmo del film. El taxidermista alguna vez, en estado de desesperación, quiso él también morir, y en la espera, una cereza cayó sobre él, y la comió, y ese dulzor hizo que comiera otra y otra y otra, y olvidara su propósito. El dice, entonces que algo tan tan bellamente sencillo y simple, como el sabor, el dulzor de una pequeña cereza, puede contra la muerte, contra algo tan profundo como la muerte. El sabor de la cereza puede contra el propio deseo de morir.


Qué invocación a la vida. A un sentido de la vida...Una acción dilatada en la reflexión, en la percepción, abierta a los sentidos y al estado de ánimo, ligada a la existencia humana, algo de la imagen tiempo, pero nunca vacía de acción, que es la base de todo sentido construido por lo humano, precisamente, animal simbólico que hace, a partir del cual se construye el mundo como simulacro de la insoportable inexistencia de todo sentido, concediéndoselo a todo aquello que definitivamente no lo tiene de por sí (¿la vida misma, y la misma muerte?).Pero no hay cerezos para Baadi. Ni el contemplar el simple color del ocaso lo salva.Parece que el sentido de las palabras del hombre carecen de sentido, paradójicamente. Sin embargo, algo lo restituirá, en el poderoso final de la película, que habremos de rescatar. Y que permitirá quizás clausurar todo el sentido. O de encontrar el sentido al sabor de unas cerezas, donde está la verdad. El sentido a aquello que creíamos no lo tenía.


Vaya tarea.