FICCIONES - "El Peso de un Zapato" por Viviana Ibrahim

23.11.2018

FICCIONES - "El peso de un zapato"

por VIVANA IBRAHIM

Contacto con la autora: www.facebook.com/despuesdelviento/

Obra de Miguel  Ferreirós - "No puedo volver al pasado porque entonces era una persona diferente".  (Lewis Carroll / Alicia en el País de las Maravillas)
Obra de Miguel Ferreirós - "No puedo volver al pasado porque entonces era una persona diferente". (Lewis Carroll / Alicia en el País de las Maravillas)

Te dejé una bolsa con ropa en la habitación, cuando salgas del baño mirala que seguro encontrás algo para vos. El ropero es un desastre, hace tiempo que quería revisarlo y no encontraba el hueco para hacerlo. Hay remeras que ya no me van, están casi sin uso. ¡Ah! Y la tía dijo que viene a merendar, siempre lo mismo, avisa a último momento y tengo que correr. Eso que le digo, siempre le digo que llame un día antes al menos, pero no. Acá, en esta casa cada uno en su mundo. Estoy gorda y vieja. Me canso, pero nadie da una mano. Ahora a tu padre se le dio por sacar al perro tres veces al día, tarda cada vez más en volver y piensa que le voy a creer el cuento. Apurate, yo también necesito el baño. ¿Qué hacés vestida así, vos también te vas?

Laura delinea sus ojos con cuidado, se acerca aún más al espejo y las ojeras se dibujan nítidas bajo ellos. No hay manera de taparlas, como tantas otras cosas.

¡Te estoy hablando nena! ¿Escuchaste que viene la tía? En esta casa todos me tratan como si no me quisieran, nadie contesta, se van sin decir a dónde, con lo que una se preocupa. La calle está cada vez más brava; esta mañana en el noticiero escuché que encontraron el cuerpo de la chica desaparecida. Tendría tu edad, ¿me escuchás?, y su madre no paraba de llorar frente a la cámara. No tienen idea de lo que se sufre siendo madre, ustedes salen sin pensar en los que dejan. Dios no permita que te ocurra algo, que sería de mi vida sin vos mi nenita querida. Nosotras vamos a estar siempre juntas, ¿verdad? ¿Qué pasa que no decís una palabra? Y ya te dije que esa remera te queda demasiado ajustada, se te marcan los rollos de la panza, te hace más gorda. Para nada, no te favorece para nada. Anda, salí de una vez que tengo que limpiar el baño, va a venir tu tía te dije.

Laura toma las llaves sin detenerse frente al espejo, de cuerpo entero, que su madre colgó en el hall de entrada. Es inevitable percibir la silueta cuando se sale o se entra de la casa, pero sabe que si se parase allí, no saldría nunca.

En cinco te paso a buscar, lee en la pantalla del celular. Se acomoda el cabello borra el mensaje y guarda el celular en la cartera.

¿No pensás ni saludar vos? ¿salís con las chicas? Avisá a qué hora volvés al menos. Caminá despacio que te vas a caer, ya estás rengueando otra vez. Estás gorda, esa dieta no te sirve, ya te lo dije. Parece que le gusta que le saquen plata, tantas veces hablo, cuanto sufrimiento ser madre. Con los varones es mejor, son más vivos, ésta salió tan débil. ¡Ay dios! protegela mientras no la veo y traémela de vuelta a casa, temprano si es posible, estoy cansada y vos sabés que no duermo hasta que la veo en su cama. ¡Ay si! ¡Es un alivio verla dormir!

-¡Hola bonita! ¿Cuándo vas a empezar a subir adelante? No se cansa tu vieja de espiar cada vez que paso a buscarte ¿te parece que sospecha algo?

-Ella sospecha de todo.

-¿Hago una cuadra y te pasas así estamos más cerca?

Me espera Sara en el café, estoy algo demorada, dice mientras baja la ventanilla para que el aire disipe el calor del cuerpo. Hace dos meses que inventa excusas para llamar a la remisería pidiendo el mismo auto. Él lo sabe y acepta el juego. Hay algo en ese hombre que la atrae y la incomoda a la vez. Es el primero que le habla con franqueza y confianza. Varias veces se han reído de algunos chistes y coqueteado con miradas que se cruzan y desvían por el espejo retrovisor. La mira. La mira y le habla un hombre, el primero que no pregunta por su renguera ni evita pasar, de arriba abajo y sin prisa, los descarados ojos por su cuerpo. Los viajes guardan un placer nuevo bajo la ropa con el que sueña durante las noches.

Sara mira el reloj del bar, se cruza de piernas haciendo balancear sus tacones al son de la música. Detesta que la hagan esperar, así que, decide llamar a su amiga. Apagado. ¡Maldita sea! Ojea una revista cuando el mozo le acerca el trago rozando su mano con clara intención. Lo tomo en la barra, -dice ella- son más cómodas las banquetas con estos tacos. Venite, que hoy tu amiga parece que te deja de cuelgue. ¿Qué tiene que camina así?

¡El timbre! ¡Te dije Mario que abras la puerta! ¿Es que estás sordo? Andá, dejá que me ocupo, llevate ese perro de acá que la última vez hizo desastres y casi muerde a mi hermana. Si sigue así voy terminar regalándolo. ¡Indomable! ¿Qué? ¿Tu hija? ¿Qué dónde está tu hija? ¡Qué se yo! Si me ayudaras, ay dios bendito, no tendría que vivir así de nerviosa todo el tiempo. Pero cuando le hablo arrancás siempre con lo mismo, que está grande, que ya no es una nena, que debe cuidarse sola, que no la moleste con mis preguntas, que es hora de que tenga algún novio, como si fuese fácil encontrar a alguien serio en estos tiempos. ¿Y para qué además? ¡Qué me importa que tenga treinta! ¿Qué problema tenés vos con su edad? ¿Acaso no la querés en casa? Y ahí está otra vez la ansiosa tocando timbre, ¿es que nadie sabe esperar? Pasá querida, discúlpame la demora, estaba terminando de guardar la ropa en la habitación de Laura. Si, si lo sé. Está grande y debería hacerlo ella, pero una madre, una madre de verdad, está atenta a lo que sus hijos necesitan, ¿no es así? ¡Ay! ¡Perdón! A veces me olvido que no pudiste tener hijos con Alberto, pero bueno, imaginate. Siempre digo que cuando algo no se da alcanza con imaginarlo. ¿No es cierto querida? Pasá, pasá. Mario debe estar en el patio. Charlen que voy preparando el mate.

Cuando el auto dobló una cuadra antes del bar, Laura se reacomodó en el asiento trasero. Alejandro, con la misma sonrisa de siempre condujo sin apuro por la avenida.

-¡Te pasaste!

-No. Es cerca, sólo estoy aprovechando la onda verde de los semáforos. ¿Ves? A esta velocidad seguramente llegamos a tiempo. Tengo que seguir trabajando.

-Pero el bar...

La remera se empapó bajo sus brazos. Los chistes de otros días parecían cobrar repentina realidad. Bajó aún más la ventanilla y pensó en su ropa interior, en si estaría depilada, en si sería capaz o huiría apenas entrasen al hotel. ¿Qué pasaba que todo lo soñado ahora la asustaba? Su cuerpo se tensionó y su pierna temblaba incontrolable detrás del asiento del conductor. Él le hablaba como si ella pudiese escuchar algo o entender que se había subido porque quiso a ese auto, que no tenía idea de cómo medir las fronteras entre fantasías y actos, que las franquezas de él eran ciertas, que los días de espera se hallaban prontos a culminar, que su cuerpo sería un cuerpo desnudo en escasos minutos. Se humedeció mezcla de ansiedad y miedo. Él no quitaba su vista del camino, pero algo en su mirada parecía opacarle los ojos. Le miró las manos danzantes en el volante y subió el escote de su remera nueva. Tal vez no había sido buena idea vestirse así. ¿Dónde vas con esa ropa? Resonaba la voz materna en su cabeza. Qué lástima que te tapes, pero en unos minutos vas a ver que se te pasa. Me gusta verte nerviosa, -decía él- sin ocultar la excitación del desafío. Si es fácil me aburro, la fragilidad está llena de encantos, nena. Buscó a tientas bajo su asiento y le pasó una botella de licor, no sin antes beber un trago. Ella lo imitó por inercia, sin cuestionar bebió casi sin pausas hasta que el auto entró al oscuro garaje de un viejo hotel.

Las luces tenues de color rojo desfiguran la cara de ese hombre desconocido que la toma con firmeza de la cintura mientras sus tacos resuenan tambaleantes sobre la alfombra de los pasillos. La puerta abierta de una habitación muestra una cama deshecha y a dos mucamas que la observan pasar. Intenta tomarse de la puerta de un ascensor, pero la fuerza de esos brazos la empujan unos pasos más allá susurrándole: no hace falta, es acá. La potencia del perfume, que emana del cuarto, no logra tapar el aroma rancio que resulta de la continuidad de los cuerpos que allí se acuestan. Las ansias no demoran al verla tambalear sobre su mala pierna. Y no hay esperas ni tiempos de dos en esas sábanas, tampoco dos las voces, porque una boca es aplastada contra la almohada.

Esta me va a matar, te lo digo en serio Mario. Y terminala con eso de que la deje en paz. ¿De qué vida me hablás? ¿Qué vida mejor que la que le ofrezco va a encontrar por ahí? Nunca se está mejor que con una madre y eso lo entendí tarde, lamentablemente tarde. ¿Qué le espera, algo como esto? ¡Ay Dios! Mirá la hora que es, nunca llegó tan tarde. Vos porque nunca estuviste presente ni atento. Te crees que no me doy cuenta que los paseos con tu perro son una excusa. Un día me voy a ir a visitar a Elsa y si querés hablamos los tres. ¿Qué no? ¿Todavía te da la cara para decir que no? Mirá, decí que mi corazón ya está débil porque si no iría ahora. Si, si ya sé que digo lo mismo siempre y no hago nada, pero llegará el día. No es fácil ser madre, creeme que no podrías tolerarlo. Encima ésta y la otra, esa Sara, que nunca me gustó tienen el celular apagado. Una nueva, ¿es que apagar el celular las hace más adultas? Estoy vieja y cansada. Si, ya termino, pero te digo que tengo una corazonada. Apagá la luz que no quiero que se de cuenta que la espero despierta. Apurate te digo, ¿no escuchás las llaves?

Sara alarga las despedidas. Allí está con los cabellos revueltos envuelta en los brazos del mozo. Él está buscando uno de sus zapatos debajo de la cama mientras ella le recorre la espalda con su pie aún desnudo. Prende el celular y allí emergen de a montones las llamadas perdidas. Laura y su madre han tratado de ubicarla. Disculpen chicas he estado un poco ocupada, dice entre risitas cuando aparece la voz rota de su amiga en el único audio que escucha, al tiempo que Laura abre la puerta de su dormitorio, se quita la ropa con cuidado mordiéndose la boca frente a los quejidos del cuerpo. Llorando la distancia de sus sueños cubre los moretones con las mantas de su niñez.

Viviana Ibrahim, Noviembre 2018