FICCIONES - "LA FRONTERA" por Gastón Figueiredo Cabanas

08.10.2018

FICCIONES - Cuentos

"LA FRONTERA"

por GASTÓN FIGUEIREDO CABANAS

ACERCA DEL AUTOR

Gastón Figueiredo Cabanas nació en La Plata (Provincia de Buenos Aires), en 1976.

Docente del Programa Mundo Nuevo de la Universidad Nacional de La Plata y Profesor de Narración Oral en Institutos Superiores de Formación Docente.

Primer premio Concurso de Cuentos Boulevard (2009) por su obra "La Frontera", que publicó la revista virtual El toldo de Astier. Primer premio en Poesía Letras de oro del Bicentenario (2010) por su obra "Periferia". Fue finalista del V Concurso Nacional Macedonio Fernández de poesía (2008), por su obra "La orilla", y del Premio Camus-Onetti de Narrativa (2016) Organizado por Ediciones del Dock, por su novela "En el mañana estuve".

Su cuento "Nada más que un hilo de vida" integró la antología "Textos 1" de La Comuna Ediciones (2017).

La ruta era larga y se abría camino entre las montañas. El señor que conducía dijo:

-Dizque nos quieren sacar la tierra.

-¿Quién patroncito? -preguntó el muchacho que venía en la parte trasera de la camioneta. Hacía casi dos horas que estaban viajando. Pero el hombre no le respondió.

Esa mañana, en la capital, se lo habían presentado y él había aceptado el trabajo sin hablar, con una sonrisa tibia. El hombre le había dado todas las explicaciones con el afán de infundirle una confianza ciega que el muchacho sentía que se quebraba ante el mínimo rayo de luz.

-Yo sé que es de confianza, tenemos la misma cara de indio -le dijo el hombre con una risa que creció desagradablemente hasta quedar petrificada en su rostro antiguo-. Los gendarmes revisan los bolsos nada más que para molestar o para meter miedo, siempre encuentran a algún vicioso que pasa lo que no se debe, pero usted va a pasar a la vuelta mucha ropita en los bolsos y algunas cositas de electrodomésticos, y cuando le pidan el documento y vean que está fuera de los cincuenta kilómetros de la frontera, le van a hacer el cuento del tío y usted no se preocupe, diga que por favor le dejen pasar algo, que tiene que vender ropita para su hijo que está enfermito y los muy cretinos se le van a encabronar, y le van a hablar de que el Tránsito Vecinal Fronterizo es legal para las personas que viven a menos de cincuenta kilómetros, entonces ahí le ofrece alguna cosita o unos pesos y agacha la cabeza como un perro, como que está entregado y va a ver, para su asombro, que le van a agarrar lo que sea.

»Pasar es fácil, con las bolsas de maíz o de fideos nadie lo va detener. Hecha la ley, hecha la trampa; quién va a parar a una fila de hormigas.

La mirada del muchacho estaba clavada en la boca del hombre.

-¡Vamos!, deje de mirarme así, no sea cosa que me haga una brujería -le dijo con voz agria, seca, y la mano apoyada en el hombro musculoso del muchacho-. Pase y coma algo, adentro está la otra, callada como siempre, para mí que se va a quedar muda de tanto silencio, y pensar que con ese cuerpito de india carga lo que sea. Yo le digo que es capaz de ponerse una vaca en la espalda y cruzar la frontera, y ella se ríe. ¿Usted habla quechua?

-Ya no. Lo olvidé hace tiempo.

-Entonces se va aburrir como un perro. Pero coma tranquilo. Después le va a pegar todito en el cuerpo. Y dígale que le de el documento; o le digo yo, porque ella no entiende el español. Va a salir todo bien, y hasta le va a quedar el documento para que le den ese plancito social de no sé cuántos miserables pesos.

El muchacho vio el Puente Internacional y le temblaron las rodillas, la transpiración comenzó a nacerle en la frente como si fuera un hilo de plata recorriendo la aridez de su rostro joven. El hombre estacionó cerca de los camiones; la cholita (que viajó de acompañante del conductor y estuvo todo el camino en silencio) bajó, se apoyó contra la camioneta y escupió sangre. Lo miró al muchacho y por primera vez en el día le habló:

-Esa frontera es, pues. No piense que la está pasando. Ruéguele al Señorcito, ¿no ve?

-¡¿Qué están hablando ustedes?! -los interrumpió el hombre con un grito-. ¿No era que ya había olvidado el quechua?

El muchacho agachó la cabeza y caminó para estirar las piernas. Después se sentó en el suelo y prendió un cigarrillo. El hombre se puso a conversar con uno de los camioneros, y le hizo una seña con el dedo a la cholita que había quedado apoyada contra la camioneta, y ésta caminó hasta unos de los camiones que parecían elefantes de papas o de fideos o de cajas de aceite o de bolsas de arroz o de harina con sus treinta mil kilos de evasión de impuestos, que descansaban al pie de los mapas, de los dos lados de la frontera. El elefante ya estaba rodeado de collas y la señora que venía de acompañante en la camioneta se perdió entre su gente. El muchacho miraba desde el suelo la conversación, con un odio que crecía a pasos de gigantes, que llegaba hasta la cúspide misma del odio para precipitarse después en su mirada y convertirse en resignación.

Bastó una seña del hombre con el brazo levantado, y todos los collas se fueron acercando con pasos lentos, como arrastrando un dolor de siglos, un punzada en el estómago que les hacía mirarse sus propios pasos. Cuando estaban todos aglomerados alrededor de la camioneta, se paró en la cúpula y comenzó a hablarles como si fuera a dar un discurso. El rostro se le había transformado: la frente india que se destacaba por su prominencia, que sobresalía como una piedra de una montaña fue desapareciendo; los ojos los tenía más hundidos que cuando manejaba, y en el brillo ancestral de ellos se dibujaba su pasado en el que su madre y su padre eran unos paseros más, y él era un niño entre el frío marrón de las montañas esperando a que terminaran de descargar al elefante, para que volvieran a recogerlo entre otros niños collas. Pero él se había olvidado de todo eso (o lo recordaba a cada instante y lo borraba como un niño borra una palabra mal escrita en el cuaderno, como había borrado la muerte de su madre cuando tropezó y las dos bolsas que sumaban cien kilos cayeron sobre la nuca, enterrándole el mentón en la tierra, desfigurándole la cara y quedándose quieta para siempre, mientras dos gendarmes la corrían de la fila de hormigas, como hubiesen corrido a un sorete) y ahora pensaba que cuanto más duro se pusiera, menos posibilidad tendría de volver a caer en aquella denigrable situación que él ahora propiciaba. Su voz se levantaba entre el silencio de su estirpe.

-¡Agarren bien las bolsas carajo! No sea cosa que pase como el otro día que se cayeron algunas -dijo.

Para llegar del otro lado debían cruzar el Puente Internacional de cemento que cuelga sobre el lecho casi seco del río. Unos ochocientos metros en donde una fila de cuerpos arqueados por el peso bestial de las bolsas en sus espaldas, con los rostros más hundidos que de costumbre y surcados por los soles tajantes de los más de tres mil metros de altura sobre el mar, trotando, a pasos cortos, impulsados por la inercia del peso de las bolsas hasta alcanzar el puente, entregar la boleta de su compra a los funcionarios de la aduana, llegar a Villazón, y allí subir y bajar las cuestas, hasta dejar la compra junto a una camioneta o dentro de un galpón, donde otros collas paseros estibarán en otro elefante para que la mercadería se adentre a la ancestral Bolivia.

El muchacho se acercó al hombre, y antes de cargar la bolsa le preguntó cuándo tenía que hacer la vuelta.

-Creo que el martes. Igualmente pregunte en el galpón. Ahí lo van a estar esperando. Yo ya no lo conozco, ¿me entiende?

El muchacho asintió con la cabeza. Cargó la bolsa y sus veinte musculosos años temblaron. El esfuerzo se hizo inmediatamente sudor que se sumó al sudor que le infundía cruzar la frontera por primera vez, y poder ganar lo que de otra manera le llevaba semanas al rayo del sol con un pico y una pala para adentrarse en una montaña que parecía impenetrable a primera vista. (Una montaña que ya no tenía presente porque la habían dinamitado hasta sacarle la última gota de mineral, hasta dejarla exhausta, muerta como a una piedra solitaria en medio de un río). Sentía que todas las miradas se le clavaban en la espalda y que le hacían imposible avanzar. Las gotas de transpiración le caían desde la frente y se le metían a los ojos que le nublaban la visión hasta sentir que todo le daba vueltas en la cabeza como un viento blanco, hasta caer de bruces con la bolsa sobre la espalda y quedar quieto, ausente, sin salida, lleno de fideos alrededor.

Dos gendarmes lo corrieron de la fila como a un perro muerto, y cuando lo estaban agarrando de las piernas para que deje de bloquear el camino de las hormigas, sintieron en sus manos que había algo pegado en el cuerpo. Lo entraron al puesto. El muchacho fue arrastrándose en cuclillas. Lo desvistieron, le dieron agua para que hable, pero él sabía que no podía hablar porque del otro lado estaba su familia, ni tampoco tenía fuerzas para hacerlo: el miedo lo había dejado sin palabras. A parte, ¿qué iba a decir? Si ni recordaba el nombre que le habían puesto en el documento falso.

Encerrado en una habitación que no tenía más que cuatro paredes verde-cromo, un techo de chapa y una puerta de madera atada con una cadena y un candado. Enmudecido con un pedazo de trapo húmedo amarrado con furia ciega a la nuca, esposadas las muñecas a la altura de la espalda y en un rincón como un perro muerto de miedo, esperó.

En la noche uno de los seis borceguíes entró de lleno en las costillas, y ese fue el comienzo del final: el trapo teñido de sangre y los gritos para que hable. Pero él no tenía nada que decir, no había un nombre en su memoria, había caras, solamente caras como las de él, como la del tipo que lo interrogaba, caras negras como el borceguí que lo dejaba al borde, en la frontera entre la vida y la muerte.

Lo encontraron desnudo los hocicos de unos perros en el lecho casi seco del río.