FICCIONES - "La Tejehechizos"

17.10.2018

"LA TEJEHECHIZOS"


Autor: Lucas Simons

L.D. Simons, 2017 - publicado en antología "Espada y Hechicería" Editorial Thelema.

CRÉDITOS

de la obra de

LUCAS SIMONS


Arte de Tapa: Germán Ponce

Arte interior: Arturo García

Editor: Claudio Díaz

Otros autores que participan: Max Bravo, Graciela Rapan, Diego Furbatto y Caro Panero

La luna se filtró momentáneamente por la ventana de su alcoba, y Rennan observó las facciones del hombre al que acababa de matar. Era joven, quizá más joven que ella. En su descaro, había intentado coquetear, y creyéndose exitoso, la acompañó a su habitación, esperando pasar la noche abrazado a una bella mujer, pero encontrando en cambio el abrazo de la muerte. Sus dedos acariciaron la superficie musculosa y ensangrentada de su torso desnudo, deslizándose lentamente desde la clavícula hacia el esternón. Su otra mano buscó a tientas su daga ceremonial y al desenvainar, el susurro del metal contra el cuero la hizo sonreír, inundando su mente con recuerdos de otros tiempos menos aciagos.

La daga se hundió en la carne con facilidad, liberando el torrente que yacía aguardando bajo la superficie; la sangre manó y salpicó la alfombra y el dosel de la cama. Varias gotas mancharon su rostro y su cuello, cayendo lentamente hacia su abultado escote, solo para ser devoradas por aquella oscuridad insondable. Se relamió los labios, y extrajo de su morral los ingredientes que necesitaba. El mortero resonó mientras Rennan preparaba su hechizo, agregando hierbas y sales, moliéndolas con un fervor casi libidinoso.

Escupió en el preparado, y lo mezcló con cuidado; el torso abierto de su víctima emanaba vapor, perdiendo el calor de la vida rápidamente. Rennan se apresuró a verter el contenido del mortero en la herida abierta, luego, encendió una de sus velas e incienso. El humo llenó la alcoba con celeridad, Rennan lo aspiró y sopló sobre el cuerpo del hombre, creando volutas y espirales. Colocó su mano abierta sobre la herida, y el torso del muerto se sacudió.

"Por hueso y sangre, yo te convoco; con humo y cenizas, a la vida te regreso; con hierro y fuego, te ato a mi voluntad"

Calentó el filo de la daga sobre la llama de la vela, y cuando estuvo al rojo vivo, marcó sobre la frente del muerto una única runa, representando su nombre.

"Agh" - el muerto se sacudió, y abrió sus ojos lechosos, alzó la cabeza y contempló con estupor su condición, luego, arqueó su espalda y lanzó un alarido de dolor. "¿Que me has hecho? ¡Maldita seas!

-" Jaggar - comandó Rennan - Por tu nombre, te vinculo. Obedecerás"

El muerto apretó los dientes y asintió forzadamente, sus puños temblando mientras se resistía a ser controlado. -" Levántate" - le ordenó la hechicera.

-" Ahora, te ordeno que me digas donde se encuentra el amuleto"

"Ghhrghh" - balbuceó el regresado.

-! ¡Dímelo! - insistió Rennan, y la habitación tembló con su furia contenida. Jaggar se sacudió, babeando y sangrando sobre la alfombra, intentando resistirse, pero su voluntad finalmente fue aplacada.

-"! ¡Te lo diré! ! ¡Te lo diré! ! ¡Libérame por favor! ! ¡Ten misericordia de mí!"

-" No hasta que me digas la ubicación del amuleto de Zaartar, y quién lo tiene".

-" Está aquí, en Ardua, cerca de los muelles, el acceso a las cloacas... lo tiene, Murdun..."

-" ¿Para qué lo está utilizando? - el muerto se resistió nuevamente, y Rennan alzó el puño, y lo hizo retorcerse de dolor - "! ¡Contesta!"

-" Lo usa alrededor del cuello... el amuleto le ha dado poderes... dicen, que es inmortal".

Rennan bajó el puño, y Jaggar cayó de rodillas, vomitando sangre y babas; sus lastimeros gemidos eran una letanía insufrible, y la hechicera lo hizo callar con un movimiento de su mano.

-" Así que ... Murdun, en las cloacas cercanas al puerto. Más te vale que sea la verdad..."

-" ¡Os lo juro hechicera! Liberadme de este tormento, os lo ruego... piedad"

La hechicera contempló al regresado. Podría resultarle muy útil. Si lo llevaba con ella, le ayudaría a vencer a unos cuantos bandidos y a llegar al amuleto con celeridad. Lo miró con ojos codiciosos, y el muerto agacho el rostro y lloró desconsoladamente. Su único pecado había sido confundirla con una cualquiera. Pero era de esperarse, "Rennan, la Tejehechizos", no era una figura popular, y mucho menos de estos lares. Suspiró.

-" Jaggar. Yo te libero, vuelve a descansar" - Rennan chasqueó los dedos y el regresado cayó al suelo, inerte, su alma retornó al limbo en un instante.

Rennan tomó un paño y un tarro con agua tibia, se limpió el rostro y las manos, luego, se desvistió, tiró sus ropas ensangrentadas a la chimenea, y removió con el atizador las ascuas, hasta que una llama comenzó a consumirlas con voracidad. Revisó su morral encantado, y extrajo nuevas prendas. Pantalones de lino suaves y una túnica de seda con brocado, botas para reemplazar sus sandalias y una capa larga color púrpura. Se vistió en silencio y limpió luego la daga, y el resto de sus pertenencias salpicadas con sangre, esquivando con cautela al muerto en el proceso. Se armó con la espada que Jaggar había dejado tirada a un lado de la cama, junto con el cinturón de cuero y su funda. La hebilla estaba un poco maltrecha, pero ajustaba bien. Se colgó el morral, y metió la daga en el costado de su bota, como solía hacer siempre, era mejor ser precavida. Luego, abrió la puerta de la balconada, miró hacia abajo y saltó al callejón.

En las calles de Ardua, la noche cerrada amenazaba con interrumpir la interminable procesión de mercaderes y viajeros, que agotados, intentaban hallar refugio antes de que todas las tabernas y posadas quedaran repletas. El festival del solsticio acababa de terminar, y los innumerables visitantes provenientes de la capital de Retvania, se detenían en los pueblos cercanos para descansar, antes de retomar el viaje a sus respectivas provincias. Ardua era una ciudad portuaria venida a menos, pero con una historia bastante pintoresca. Era la antigua capital del Imperio, y, como todas las antiguas capitales del mundo, escondía más de uno que otro secreto, entre ellos, ruinas y edificios abandonados.

Rennan dejó atrás el callejón de la bulliciosa posada, arrebujándose en la capa para protegerse del frío aire que presagiaba un invierno adelantado. La nieve comenzó a caer suavemente, y la hechicera se alegró de haber traído sus botas de invierno. Preparación. Ante todo, siempre contar con lo justo y necesario. Pensó en el hombre que había matado. "¿Qué demonios me pasa?" Ella sabía que jamás podría amar a otro hombre, igual que lo amó a él. Esa era la única certeza de toda su vida. La única constante en su caótico despertar al mundo de lo oculto. El latido de un recuerdo, de un pasado que se había esfumado, como el rocío de la mañana, evaporándose con el sol. La niña que había sido, la joven que se había perdido, y la mujer que era hoy, Rennan, "La Tejehechizos". Todas habitaban el mismo cuerpo, la misma existencia, inexorablemente ligada a la pérdida, el sufrimiento, y el deseo. El deseo ferviente de cambiar el pasado. Y ahora, podía hacerlo, luego de quince años de búsqueda, el amuleto estaba finalmente al alcance de sus manos.

"Solo un poco más" - pensó - "Solo un poco más... y será mío"

La magia tiene un costo, y Rennan lo sabía de antemano. Por eso, cuando comenzó a sentir la necesidad de poder, y sucumbió a la tentación de la Magia Oscura, grande fue su sorpresa al descubrir que otros solían pagar el precio antes que ella. "Caw, caw, caw" - un cuervo chilló sobre el alero de una casa, y Rennan se sobresaltó. El ave de mal agüero la observaba atentamente, presagiando tal vez, la carnicería que estaba por llegar. Mientras caminaba hacia el puerto, el eco de sus pisadas era acompañado por el aleteo de los carroñeros; ellos siempre sabían cuándo y dónde la muerte acechaba. Sus compañeros de todos los días. Rennan sonrió "No por mucho...ya no más". Tanteó la empuñadura de la espada de Jaggar, era una buena espada, indigna de un bandido, seguramente había sido robada a un noble o capitán de un barco. Pero eso no importaba. Nada más importaba ya.

Una procesión de mercaderes transportando sus bienes y quejándose de la falta de posadas apareció al doblar en una esquina. Rennan cerró su capa y se escondió entre las sombras. Sus ojos ambarinos refulgieron en la penumbra, inquietos. Los hombres siguieron su camino sin detenerse, y la hechicera sonrió ante su acceso de paranoia. "Nada puede detenerme ahora...! ¡Nada! "Los cuervos revoloteaban inquietos, se acercaba la hora. En algún lugar, sonaba una campanada. La medianoche había llegado; la luna escondida entre las nubes, se esforzaba por liberarse, lanzando intermitentes rayos de pálida luz, que se reflejaban en el agua del puerto. Un vigía nocturno silbaba despreocupado sobre el carajo de una fragata, mirando hacia la boca de la bahía, ignorando a la hechicera que descendía por las tabladas del muelle, y saltaba hacia el malecón.

Los afilados trozos de roca llena de musgo y algas marinas apestaban. Era el típico aroma de los muelles cercanos a una boca de cloaca. Los efluvios se vertían descuidadamente hacia la bahía, sin un dejo de consideración por los habitantes de las aguas. Que tristeza. Algo se agitó entre las piedras. Un pez moribundo, Rennan lo empujó con la bota, hasta que cayó al agua, pero no tardo en salir a flote y agitarse patéticamente. Varias ratas la vigilaban desde los refuerzos del muelle, y otras tantas huían a su paso, chillando y escondiéndose entre los desperdicios acumulados. Finalmente, siguiendo la pestilencia, llegó a la entrada de las alcantarillas. La reja de hierro, que otrora impedía el acceso al drenaje yacía torcida y corroída a un costado, alguien la había quitado a mazazos, destruyendo parte de la pared de la desembocadura.

Rennan frunció la nariz "Solo un poco más...ya falta poco". Penetró en la penumbra y chasqueó los dedos; una pequeña esfera de luz titilante flotó en el aire, revelando el cenagoso fango por el cual caminaba. Resopló molesta y siguió avanzando, intentando no imaginar las criaturas que se arrastraban por debajo de aquella inmundicia. El chapoteo de una rata la hizo sobresaltarse, y estuvo a punto de desenvainar la espada. Farfulló una maldición e intentó convencerse a sí misma de que el olor que sentía no era tan horrible como el de las calles de algunas ciudades que había visitado. Algo habría de estar obstruyendo uno de los alivios fluviales, pues escuchaba el sonido del agua rebotando y burbujeando sobre su cabeza. "Probablemente alguien arrojó el cadáver de Jaggar al drenaje" Sonrió. No solía ser cínica, pero, le quedaban pocos escrúpulos y poca paciencia para afrontar la carga de su empresa.

Fastidiada por el intrincado laberinto de hediondos desechos, no tardó en acelerar el paso, buscando la guarida de Murdun y el resto de sus delincuentes. "Tiene que estar por algún lado..." De pronto, la vio. Era una abertura en una de las paredes del drenaje, las huellas en el lodo y los restos de basura y botellas rotas eran evidencia suficiente de que había dado con el escondite. Se aprestó a desenvainar su espada, y apagó la luz mágica, acercándose con sigilo a la abertura. Pronto, llego hasta sus oídos el ruido de una juerga distante, y los ronquidos de una bestia. No, no era una bestia. Era un rufián, un vigía sentado sobre una banqueta de madera, que apestaba a ron barato y a orines. La espada de Jaggar atravesó el esternón del hombre, y este, se sacudió en un estertor de dolor. "uhh...uhhhgaaagh..." Se desplomó de su asiento y cayó de bruces contra el suelo. Rennan continuó por el túnel apuntalado con vigas podridas, hasta llegar a un pasadizo lateral, y a continuación, una escalinata de piedra. Los escalones estaban desgastados y sucios. Allí, la inmundicia era aún más abundante y Rennan tuvo que detenerse y reprimir una arcada, antes de continuar escalando.

Las voces apagadas fueron convirtiéndose en un murmullo constante, y luego, en una algarabía de gritos y diversos sonidos desagradables que los hombres producían mientras estaban de juerga. Rennan aprestó la espada y con un leve susurró de las palabras indicadas, el arma chisporroteó con un resplandor azulado. Susurró varios conjuros, y las runas se deslizaron lentamente hacia sus víctimas, disimuladas por la luz de las fogatas y los braseros. Los hombres tardaron unos instantes en darse cuenta que algo andaba mal, cuando el breve silencio dio paso a los gritos de agonía del primero que hizo combustión espontánea. Las llamas se lo tragaron con voracidad, y luego saltaron al siguiente, y al siguiente. Como fósforos alineados, fueron encendiéndose, y con los alaridos, Rennan entró en acción, liquidando a los estupefactos espectadores de aquel macabro festín ígneo. La espada cortó certera, cercenando arterias y miembros expuestos; la sangre manaba, cálida y abrumadora, acariciando su piel como una antigua amante que regresa luego de una larga ausencia, codiciosa y lujuriosa, colándose por las rendijas de sus vestimentas, e inundando sus botas.

Respiró el aroma metálico y ligeramente ácido del fluido carmesí, a su alrededor, una neblina espesa, y una concentración de hombres confundidos y en estado de ebriedad, su voz se elevó de súbito y todos retrocedieron. Los golpeó de lleno con un hechizo de repulsión, varios de ellos salieron volando y se dieron de bruces contra el mobiliario y los restos desparramados por la guarida, pero otros se mantuvieron indemnes. Bien, mejor así. Mientras más se resistieran, mayor placer sentiría al matarlos. Trúhanes, cerdos. Su peste la irritaba, las provocaciones y profanas palabras que salían de sus asquerosos labios, promesas de tortura y violación, no hacían sino reafirmar su resolución. Sus cabellos empapados caían sobre la túnica sangrienta, la espada recta, esperando la embestida del primer bandido. Desvió su golpe tentativo, y la espada se deslizó veloz, cargada de magia y dirigida con mano experta. Una cabeza voló, y luego, el brazo del siguiente estaba retorciéndose en el suelo, mientras un torrente rojo manaba del muñón y un nuevo alarido se elevaba hacia la oscuridad de las cloacas.

Sus piernas bailaban al son de una melodía perversa, de gritos e injurias, de hierro y muerte. Sus dedos sostenían por momentos la espada, y con cada enemigo que caía, buscaban a tientas el entramado hilado de las corrientes de magia, liberando torrentes de fuego y rayo, que calcinaban a los cobardes que intentaban atacarla por la espalda.

Al tiempo todo fue silencio. Cesaron los quejumbrosos sonidos de los moribundos. Cesó el zumbido del acero, y el gorgoteo de la sangre. Rennan respiró una, dos, tres veces. Aguzó el oído y atravesó el sembradío de cuerpos. Había otro pasadizo, no muy lejos. Le llegaba el sonido de unas risas, y de un harpa. El camino la condujo hacia una sala que otrora fuera un reservorio, pero que había sido reformado por los bandidos para convertirla en una habitación común, con varios camastros dispersos, arcones y barriles por doquier. Una puerta solitaria aguardaba, y del otro lado, provenía el sonido de la pasión carnal desenfrenada, y de una ligera melodía. Rennan atrapó el hilo que sostenía la estructura física llamada "puerta". Tiró de él, y la estructura se deshizo en un instante, las astillas volaron hacia todas partes. Rennan penetró dentro de la habitación. El coito interrumpido reveló un revoltijo de sábanas sudadas, donde varias mujeres retozaban. Otra de ellas estaba sentada sobre un pilón de cojines, totalmente desnuda, con un arpa asomando lascivamente entre sus muslos. En el aquel instante, el hombre se lanzó contra ella, espada en mano, Rennan le lanzó un conjuro, y el atacante se dio de bruces contra un armario. Las mujeres chillaron desconsoladas, varias de ellas dirigiéndole miradas de incredulidad y odio por partes iguales.

"Fuera!'' -les ordenó. "Váyanse si no quieren que las mate" Una a una, fueron retirándose, recogiendo las ropas que pudieron en el camino.

"Supongo que eres Murdun" - le espetó al hombre. Intentó ponerse de pie, pero Rennan le pisó la nuca con la punta de la bota "No te levantes, si no quieres morir" - susurró con malicia "He venido a por el amuleto de Zaartar" El hombre soltó una ligera risilla y Rennan lo empujó para que se diera vuelta. Miró sus ojos negros azabache y no vislumbró en ellos una pizca de temor. Le puso la bota sobre el pecho para inmovilizarlo, y una sonrisa lasciva asomó en los labios del hombre. Rennan se imaginó el aspecto que debía presentar, cubierta de sangre de pies a cabeza, sus ropas pegadas a su cuerpo. Prácticamente desnuda. Rennan sonrió, deslizó sus manos por la sinuosidad de sus curvas, chorreando sangre sobre el torso desnudo del hombre. "¿Te resulto atractiva, Murdun?'' - se lamió los labios con lascivia. El hombre sonrió aún más. Pobre iluso.

"Nunca se me había insinuado una mujer como tú" - le confesó el hombre -"Toda cubierta de sangre, tan feroz y tan..."

"Mortífera?" -Rennan sonrió, y su sonrisa dejó de ser seductora. El hombre lo supo, y de pronto, se removió con la velocidad del rayo, haciendo que Rennan cayera de espaldas, y colocándose sobre ella, aprisionándola. La espada de Jaggar rebotó sobre un armario y cayó al suelo con un tintineo metálico. Murdun acerco su hocico al rostro de Rennan, su fétido aliento acarició la piel de sus mejillas. Rennan continuaba sonriendo, a pesar de que las tornas hubieran cambiado repentinamente. Murdun sostenía un cuchillo sobre su tráquea. "De dónde habrá salido esa daga?" Pensó Rennan, y luego, comprendió que era su daga ceremonial. "Así que" - estoy atrapada, soltó Rennan jugueteando "Oh, no, ¿qué piensas hacerme?" Alzó una pierna y la colocó sobre el muslo de Murdun, le convido una mirada pícara, insinuadora, este, sorprendido, aflojó la presa sobre el cuello de la hechicera, y comenzó a aflojarle el cinto, y luego los botones de la camisa de seda. Liberó sus manos, y Rennan lo tomó de la nuca por los pelos y el hombre la empujó contra el suelo nuevamente, mientras se peleaba por quitarle las botas, Rennan carraspeó. El hombre abrió significativamente los ojos, y tanteó su cuello con la mano. Rennan jugueteaba con el amuleto de Zaartar entre sus garras, y Murdun furibundo, se abalanzó sobre ella. La espada que flotaba en el aire, cayó como una sentencia, empalando al truhan contra el suelo. Se retorció unos instantes, y luego, murió. Rennan lanzó una carcajada victoriosa y eufórica.

Contempló su botín a trasluz. Era un pequeño talismán de oro, con una gema roja en forma de diamante en su centro. Nada demasiado obvio, excepto por los grabados rúnicos en el engarzado, y en el reverso del colgante. Era un idioma extraño, críptico y estilizado. Claramente no era de este mundo, y Rennan lo sabía de antemano. Recuperó su daga ceremonial de los dedos rígidos del cadáver, y se puso a trabajar. Le abrió el torso, y revolvió entre las vísceras, quitándole el corazón. Tomó la bacinica que había junto a la cama que afortunadamente estaba limpia y procedió a llenarla con el precioso líquido color borgoña que manaba del órgano. Cuando acabó de exprimirlo, lo tiró a un lado, y salió de la habitación. Comprobó que no hubiera más bandidos en la zona y que nadie pudiera interrumpirla, y se puso a trabajar sobre el suelo de piedra. Acercó un brasero y encendió un fuego mágico para iluminar la zona, luego, continuó dibujando el círculo con la sangre de Murdun. Rennan sabía que, si utilizaba la sangre del antiguo portador del amuleto, el hechizo sería más efectivo, pero no imaginó que tanto, hasta que comenzó a murmurar las palabras, y las paredes se sacudieron con el poderío del talismán, que pulsaba como un faro carmesí colgado sobre su pecho.

"Ven a mí, revélate" - convocó Rennan "Acude a mi llamada, Zaartar"

La habitación tembló, y varios guijarros cayeron del techo. El suelo se sacudió, una ligera vibración, que fue escalando hasta hacer que los camastros y demás bártulos desparramados traquetearan, y que los objetos en las repisas cayeran con estrépito. La magia era terriblemente poderosa, y Rennan sintió la presencia de la entidad antes de que esta traspasara las barreras del mundo. Al otro lado del Velo, Zaartar apareció y contempló a Rennan con súbito interés. "Si. A Mí Zaartar, ven. Yo te convoco, yo, Rennan, la Tejehechizos"

Todo se oscureció, y Rennan recibió el impacto directo de una poderosa corriente mágica. La arrastro, como una muñeca de trapo en medio de un torrentoso río de plata luminosa y destellos de oscuridad dorada. A su alrededor, la energía se arremolinó, conduciéndola al mundo de los espíritus. Y allí, frente a ella, apareció Zaartar. Erguido en todo su esplendor, mas, fue tan solo un instante, en que Rennan pudo vislumbrar su aspecto, sospechosamente dracónico, entonces, el torrente se calmó, y la hechicera se vio a si misma parada sobre una encrucijada, y a un hombre encapuchado contemplándola con curiosidad.

"Quién eres?" - preguntó el demonio.

"La que te ha convocado" - respondió Rennan, escuetamente.

El hombre no sonrió, pero Rennan pudo sentir su sonrisa, como si esta se clavara en su mente como una daga.

"Convocado?" - volvió a preguntar - "No" - respondió casi de inmediato.

"No?" - Rennan estaba estupefacta. Se quitó el amuleto del cuello y lo sacudió con parsimonia, para que el demonio lo viera -"Claro que te he convocado, contempla Zaartar"

"Ah" - replicó el demonio "Ese colgante, lo reconozco..."- "¿Zaartar?" - preguntó incrédulo y a continuación -"Ese no es mi nombre, es más bien un apodo..."

Rennan sintió pánico. Si no conocía el verdadero nombre del demonio, todo estaba perdido. Aquel ser estaba jugueteando con ella, y pronto, la arrastraría consigo hacia la Oscuridad Eterna. Había fallado. Se preparó para lo peor, cuando de pronto, aquel ser se apareció frente a ella de súbito. Rennan intentó retroceder, pero el miedo la mantenía clavada en el lugar. Unas manos pálidas atraparon el medallón entre unos dedos finos y suaves. El rostro del ser permanecía envuelto en tinieblas, pero Rennan alcanzó a vislumbrar unas facciones suaves y angulosas, un rostro con forma de corazón, y cabello fino y dorado. No, no era dorado, sino tornasolado, como la obsidiana. Aquel ser contemplaba fijamente el amuleto, y luego alzó la vista hacia ella. Era alto, le sacaba unas dos cabezas, y sus ojos. Eran increíblemente hermosos, y brillantes. Uno azul, otro ambarino. Sus pupilas eran verticales como las de un gato. No, como las de un reptil. Pero humanos. Inquietantemente humanos. Y sus manos. Suaves y de una tibieza anormal, acariciaron su rostro de improvisto. Rennan vaciló. ¿Qué clase de demonio era Zaartar? ¿Un íncubo de semejante poder? Imposible.

- "Que pena" - susurró Zaartar - "Estas cubierta de sangre... y hueles a maldad"

- ¿Qué dices? - Rennan apartó su rostro de aquellas manos suaves y tentadoras.

-No eres ella - insistió el demonio - No eres ella, y yo seguiré solo...

- Deja de decir insensateces, Demonio.

- ¿Demonio? ¿No me has llamado Zaartar? No soy ningún demonio, hechicera.

Rennan, incrédula, soltó una carcajada. Un demonio que intentaba engañarla con un truco tan barato. ¡A ella! A Rennan, la Tejehechizos. La hechicera más poderosa del mundo.

-De tu mundo - respondió la criatura, como si hubiera leído sus pensamientos - Sucede que hay otros allí afuera... y no, no soy un demonio. Zaartar significa viajero. ¿No lo sabías? Has tenido suerte Riannon aep Caellys, no soy ningún demonio. Pero tú, no eres a quién busco.

Su verdadero nombre. Como una sentencia, pronunciado en voz alta por una entidad desconocida del Velo. ¿Cómo lo sabía? ¿Dónde lo había oído? Rennan sintió miedo. Por primera vez en mucho tiempo; pánico, profundo y doloroso. Terror absoluto. Lentamente, aquel ser se quitó la capucha, y reveló su rostro. Tal y como Rennan suponía, era humano... y algo más. Sus cabellos flotaron, resplandecientes por un instante, y luego, se apagaron, como la luz en sus ojos, moribunda y triste. "No eres ella..." Repitió desolado Zaartar, el viajero.

Luego, de improvisto. El ser dio media vuelta, y comenzó a alejarse por aquel camino extraño, dejándola atrás sin siquiera decir adiós. Rennan sintió el rechazo de la entidad como una bofetada en el rostro. Sintió sus ojos lagrimeando. "¿Por qué?" - pensó - "¿Por qué me afecta tanto?". "Porque te considera indigna...'' Una vocecilla. Riannon aep Caellys, respondió desde lo más profundo de su ser, desde aquel lugar donde Rennan la había enterrado hace tantos años.

- ¡Espera! - gritó de improvisto, encontrando su voz, y la voluntad para seguirlo. Dio unos pasos tentativos, y luego se detuvo, aquel volteó para observarla.

- ¿Qué quieres? - le preguntó.

Rennan sostenía el amuleto frente a ella ofreciéndoselo. Inmóvil, aterrada como una niña ante la desolación de ser abandonada por aquel ser. Entonces, él retrocedió hacia donde ella estaba, y la miró con seriedad. Despacio, con dedos temblorosos, Rennan tomó la mano de Zaartar, y puso el amuleto en ella. "Esto te pertenece...No es cierto?"

Él asintió, y luego, negó lentamente con la cabeza. "Le pertenecía a Ella... pero puedes quedártelo, si así lo deseas. Pero no vuelvas a convocarme"

"No" - respondió Rennan - "No lo merezco"

El ser caviló unos instantes, aferrando con fuerza el amuleto, luego, vacilante, se lo colgó del cuello. Rennan alcanzó a ver un resplandor dorado y rojizo. Otro amuleto igual. Ambos dos se iluminaron por unos instantes, como dos luciérnagas encontrándose en medio de la noche. Luego, se apagaron, y el Viajero los ocultó bajo su túnica. El ser asintió, dándole las gracias y luego, volvió a darle la espalda. Se quedó allí parado, unos segundos. A su alrededor, la magia danzaba alegremente, como un suave arroyo de deshielo. Rennan comprendió entonces su equivocación. No, no era un demonio...

-No, jamás lo fui - respondió Zaartar - ¿Cuál es tu deseo?

Rennan se quedó atónita. ¿Podría ser posible acaso...?

-Si me lo dices, puedo cumplirlo... dime, ¿por qué invocaste a un demonio? ¿Cuál era tu deseo?

-Quisiera...seguirte...

-No - su respuesta fue rotunda. Dolorosa como un puñal - Pero tu verdadero deseo... ese si puedo cumplirlo. Dilo.

Las lágrimas afloraron. Ardientes como ácido. Desgarrando su alma. Riannon aep Caellys lloró.

-Quiero volver a verlo...

-Pero él está muerto, ¿verdad? - preguntó Zaartar. Rennan asintió, tan solo una vez - Será difícil. Será doloroso. Volver al principio. Todo tu poder... todo lo que eres... desaparecerá. Pero... tendrás tu oportunidad de recuperarlo todo, si así lo deseas. De volver a ser quien eras.

-Sí, lo deseo - suplicó Rennan - Por favor.

Zaartar asintió, y entonces, la magia la golpeó como un torrente. Rennan perdió el equilibrio, y luego sintió como el poder del viajero la desgarraba, lentamente, molécula por molécula. Sintió los hilos de su historia rompiéndose. Sintió las cadenas del tiempo dilatándose y quebrándose. Un remolino de colores la envolvió. Imágenes. Recuerdos. Sonidos. Olores. Distantes provincias, viajes interminables. Su búsqueda insaciable por el conocimiento, y la magia evaporándose, abandonándola, despojándola de su poder, y de su nombre. De quién era.

-Adiós, Rennan, la Tejehechizos - la despedida de Zaartar la sacudió, y entonces, la corriente de la magia la arrastró.

Sintió su piel apretando contra sus huesos. Y sus huesos encogiéndose. Su busto desapareció, las curvas de su cuerpo, desfiguradas. El dolor fue increíble, interminable. Eterno sufrimiento. Gritó, pero su voz ya no era su voz, y su mente ya no recordaba porqué estaba allí. No recordaba nada. Ni siquiera su nombre. Y el remolino la arrastró, y se la llevó hacia la oscuridad.

Y cuando Riannon aep Caellys despertó, lanzó un alarido. Miró a su alrededor, confundida. Estaba en su habitación. Sus juguetes y muñecas la miraban sonrientes desde los estantes, iluminados por una tenue y cálida luz rosada, que salía de un pequeño orbe colgado del techo. Saltó de entre las sabanas. Su pequeño cuerpecito golpeó con torpeza el suelo, se resintió por la caída, mas, a pesar del dolor, y con temblorosos pasos avanzó decidida y con dificultad, tanteó la puerta hasta alcanzar el picaporte. Salió hacia un oscuro y pequeño corredor, al final del cual, una luz ambarina se escapaba por la rendija de una puerta. Corrió hacia la luz, corrió como nunca jamás había corrido en su vida, llena de esperanza y anhelo.

La puerta chirrió levemente al empujarla, y su manita sintió el cálido roce del fuego crepitante incluso antes de distinguir la estufa. Allí, en la habitación solo había una cama, una biblioteca y un escritorio con una silla. Y sentado sobre la silla, dormitando, se hallaba un hombre, perdido entre pergaminos y tomos apilados sobre la mesa, y desparramados por el suelo. Dio un paso tentativo, y luego otro, las lágrimas corriendo como ríos salvajes por sus mejillas rosadas. Aferró con su manita la túnica del hombre. No era una ilusión, podía sentirlo, era real. Lloriqueó, y el hombre salió de su ensueño. Alzó la vista del pergamino y la vio allí de pie, esperando. Una sonrisa ilumino el rostro del hombre, y unas manos grandes y fuertes la alzaron, sentándola sobre su falda.

-Mi niña, mi Riannon, ¿has tenido una pesadilla? - preguntó su padre.

Riannon asintió, y se abrazó con fuerza a su padre, prometiéndose a sí misma que nunca más se separaría de él.