FICCIONES - "LAS NOCHES EN AVENIDA CORRIENTES / CAJA DE ZAPATOS"

27.09.2018

FICCIONES

"Las Noches en Avenida Corrientes / Caja de Zapatos"

por Viviana Ibrahim

Son hormigas lo que ve. Puntos negros, que como a él un puñado de horas atrás, el apuro arrastra en un sentido u otro de la vereda. Ninguna se detiene a mirar hacia lo alto. Lo cotidiano nos borra la conciencia del mundo por encima de nuestras cabezas. Y es que, más allá de las copas de los árboles, está Braian con el temblor en las piernas y el cansancio de la espera. Escuchó al de seguridad trabar las ventanas y el Pelado no aparece. Apoyado apenas en la cornisa del 5°D, dejó de gritar hace un rato cuando se le escapó la voz junto al último intento. El vértigo sale de su boca sin poder ver dónde se estrella.

-Te digo que tenés que ver eso. Es la gloria, como en la cancha con los pibes. Nos juntamos, hacemos lo nuestro y después a otra cosa.

-No se che, me da mala espina. La vieja se me puso pesada, me anda oliendo como perro cada vez que llego a casa y de dónde venís, son éstas horas de llegar, te la estás buscando nene y no para más. Te juro que me dan ganas de volarme, pero es la vieja, viste.

-Eh dale! Ahora ponés a tu vieja en el asunto! Cagón. Eso sos, un arruga como el Toto que cuando la cosa se pone buena raja.

-¡No comparés! Convidá, que esa cosa te está quemando la cabeza, Pelado.

-Acordate de entrar en el horario del almuerzo. En el primer cajón está toda la pasta y después ya sabés; de un salto estás al otro lado de la ventana. Aguantá piola que en media hora estoy ahí.

- ¿Y vos? ¿Te vas de compras con la gorda?

-¡Te dije que entro, cagón! ¿Ves? Ya tengo las llaves y bancá que se vayan todos si no somos boleta. Ah! Una más, ¡aféitate! que con esa facha no pasás del hall.

Sin pasta en el primero ni el segundo ni en ningún maldito cajón. Sólo tela que se le arruga en las manos cuando tantea el pantalón queriendo creer que todo esto es sueño. El sol ya no frunce su cara y ese no era el trato. Los bolsillos vacíos como la caja de zapatos en avenida Corrientes su primer noche. Sentarse en la vereda a pedir monedas le daba vergüenza, pero la vieja decía que la vergüenza no te daba de comer y la verdad, que tenía un hambre de días incrustado en el estómago. Así que, agarró la primer caja que encontró, de esas que los negocios descartan a la hora del cierre y se sentó como tantos otros niños rogando que los de la escuela no anduviesen por ahí. Con la vista fija en una baldosa vio pasar, por encima de su caja, miles de zapatos que iban con la prisa que da el frío llegando al obelisco. Allí pareciera que el viento espera a los transeúntes y que disfrutara su potencia al hacerlos encoger doblando por Cerrito. Braian pensó que aquella esquina te arrebataba el alma, porque nadie parecía verlo. La que sí lo observaba y, no con buena cara, era su madre. Sentada con su hermanita en brazos, algunos locales más allá, le hacía gestos para que estirara el brazo, pero su mano se negaba a extenderse en un pedido y sólo atinaba a hacer que el sorbete, con restos de gaseosa, se equilibrara en el borde de su caja. El juego consistía en no morir. Toda su atención estaba puesta en aquel sorbete tembloroso que luchaba por no caer. La insistencia de su madre lo desconcentraba, así que tuvo que hacer trampa varias veces y con ayuda de un dedo logró que se mantuviera en la cornisa de cartón.

Alguien detiene su paso y lo mira. La sorpresa lo distrae por un instante haciéndolo perder.

Las hormigas se aglomeran alrededor. Como si hubiesen recuperado el alma o la vista, o tal vez porque siendo sólo cuerpo se deja de ser una amenaza y entonces ocurre simplemente que aparecen de todas partes. Y la urgencia y los gritos y los pies liberados del apuro abren paso al horror tardío, al tiempo que una mujer extiende los brazos para levantar el cuerpo frágil como sorbete.

Viviana Ibrahim, 2018