FICCIONES - "Los del fondo"

12.10.2018

FICCIONES - RELATOS


"Los del fondo"

por Viviana Ibrahim


Alertado por los gritos, asomó la cabeza por la ventana de la cocina. Josefina, su mujer, lo siguió por detrás segura de que esa voz provenía de la señora del fondo. La tormenta del día no se apiadó de la noche en la Isla, mezclando sus sonidos con el viento arrastró el pedido de auxilio a través de las casuarinas. Un instante de efímero silencio los ayudó a distinguir la figura de Lita en el muelle Los Ciruelos. De pie, en la ribera de enfrente, movía con insistencia el farol a kerosene que sostenía en lo alto, mientras el piloto negro se le arremolinaba, caprichoso, alrededor del cuerpo. Cuando Lita vio a Normando agitar su farol desde aquella ventana dejó caer los brazos y esperó bajo la lluvia. Aquél buen hombre, oriundo de esas tierras, sabría qué hacer.

Los llamaban "los del fondo", porque cuando llegaron a Villa La Ñata en 1954 fue tal el enamoramiento con el lugar que, luego de algunas visitas, decidieron abandonar su casa lujosa de la Capital para instalarse en el corazón mismo de la Isla. Normando solía ayudarlos con el mantenimiento del pasto, las eventuales inundaciones o cualquier otro tipo de trabajo que el dueño de casa no supiese resolver. Y es que a pesar de ser robusto y de una altura por mucho superior a la de Normando, nunca consideró de su interés, ni aún por necesidad, aprender algún tipo de oficio que tuviese que ver con arreglos de casas, podas de árboles o mantenimientos de caños. Cuando vio por vez primera la Isla con la inmensidad del cielo de frente imaginó el taller en ese sueño. Para él la vida eran los libros, los pinceles, los colores.

La casa multicolor estaba alzada en lo alto, rodeada de acacias que parecían protegerlo del resto de la humanidad, concentró sus energías en inventar lenguas y mundos distintos nunca antes imaginados. No volvió a salir de allí. No quiso. Tita, que aún trabajaba en la Capital, era la encargada de las compras o los trámites. Si en algún momento le surgía la necesidad de hablar, lo hacía con vecinos o recibía visitas de amigos de otros tiempos. A Normando siempre le pareció un hombre agradable, parado con su delantal manchado de óleos solía mostrarle sus cuadros y pedirle opinión; cosa que le resultaba extraña ya que veía la atención que ponía a sus respuestas. A veces, la charla derivaba en los trabajos de Normando, entonces preguntaba con sumo interés, detalles sobre la cosecha de ciruelas o el modo en que se debía pelar la corteza del mimbre. Habitualmente resultaba de esto, que se quedara hablando largo rato con aquél hombre y lo que solía asombrarlo era la gran cantidad de temas que parecían absorberlo.

La luz del farol de Normando se mueve por las afueras de la casa hasta que desaparece en el galpón donde guarda su lancha. Ese movimiento hace que Lita se de cuenta de la anchura del río Luján, pese a vivir allí desde hace diez años, no había reparado en lo que ahora, en la urgencia deja de ser un detalle y la inquieta. El golpe de una botella contra su bota la saca del sopor para llevarla a las cientos que forman el sendero que hicieron juntos. Colocando botella a botella inventaron un camino junto al arroyito que atraviesa toda su tierra, desde la hilera de árboles que cercan el frente hasta la escalera de su casa. Como ráfagas cruzan los instantes de verse elegir entre la paleta de colores los adecuados para cada pared, cada puerta hecha por ellos trozo a trozo como sus sueños. Infinidad de pequeñas maderitas se aglomeraban para convertirse en marco. Azul, rojo, amarillo, verde convivían en aquella casa sin que nadie pudiese verla ni siquiera caminando a pie por el único camino transitable dentro de la espesa vegetación. Era un sueño escondido y acariciado detrás de las acacias.

Normando atraviesa el río sin la ayuda de la luna, provisto de un faro manual que coloca en el parante de la lancha para apurar el cruce bajo una lluvia que no descansa. Detrás de Lita, aparece un hombre vestido de negro que sostiene un gran paraguas al tono. Por la silueta que Normando puede percibir mientras amarra la lancha, se da cuenta que no es del lugar. Jamás lo ha visto por la zona. Cuando sube al muelle, las palabras de Lita retumban en sus oídos "No creía en la muerte. Para él, siempre habrá un mañana".

Xul ha fallecido. Deben bajar de la casa y llevar por el largo sendero de botellas el cuerpo de ese hombre robusto y amable, que ese día necesita unas manos amigas que lo acompañen hasta el coche fúnebre que permanece aparcado junto a los árboles del frente.

Fueron ellos tres, los que en Abril de 1963 juntaron fuerzas para despedirlo, mientras las manos de Xul sostenían un rosario de setenta y dos piezas de madera tallada, coloreadas por él mismo.


Viviana Ibrahim, Septiembre 2017