FICCIONES - "MEMORIAS DE UN SECUESTRO"

04.10.2018

FICCIONES - Crónicas

por Maximiliano Curcio

Basado "EN LA OSCURIDAD" de ANTONIO PAMPLIEGA

I

En busca de un sueño

Corría el año 2004 y Andrés era un joven periodista viviendo en Irak. En pleno conflicto armado y con el fantasma del terrorismo sacudiendo el mundo entero, se encontraba allí, trabajando en un documental acerca del saqueo de los sitios arqueológicos legendarios del país, acompañado de su inseparable traductor iraquí Amir. A fines del verano de aquel verano conoció a Helena, una documentalista que se unió al proyecto. Juntos, comenzaron a concluir su trabajo al tiempo que trababan una relación sentimental. Pocos meses después Helena acompañaba a Andrés de regresó a casa, con la esperanza de que la oportunidad laboral pudiera abrirle puertas.

La anhelada estabilidad laboral nunca llegó y las promesas se esfumaron pronto, no así su valor bajo fuego. Andrés pronto se convirtió en corresponsal de guerra, realizando más de una docena de coberturas en plena frontera iraquí. Muchos medios le ofrecieron migajas por sus artículos. Incluso, en varias oportunidades, y pese a su experiencia, le propusieron publicar sus reportajes de forma gratuita para ayudarlo en su "promoción profesional", como le llamaban. A lo que Andrés, dueño de unos ideales inquebrantables, se negó rotundamente.

"Llevo casi tres años recorriendo las zonas más peligrosas del planeta. He invertido todos mis ahorros. ¿Qué más tengo que hacer para poder trabajar en condiciones dignas?" pensó en incontables ocasiones. Por años se tuvo que conformar con las felicitaciones, para hacerse un nombre dentro de los corresponsales de guerra

Mientras el avión surcaba cielos infinitos, a su memoria volvían viejos recuerdos de su primer viaje, doce años antes. Desoyendo los consejos de sus afectos, Andrés tomó un avión rumbo a Oriente persiguiendo el sueño de convertirse en un corresponsal de guerra. Hasta allí viajó con la ilusión de contar historias que otros no se animaban a contar, buscando dar voz a los ciudadanos que quedan atrapados entre los fuegos. Así había transcurrido su vida durante una década. Un gesto vocacional de valentía y ahínco, bajo el deseo de crecer profesionalmente.

Aquel asunto aún rondaba su mente y las eternas horas del vuelo lo invitaban a reflexionar sobre sus principios. Por años sostuvo que: "Sigo haciendo tratos freelance porque nadie me ha ofrecido algo mejor y estable. No busco que me contrate un gran medio de comunicación, sino reivindico a que nos paguen con justeza, en relación a lo que realmente cuesta, exige y arriesga -física y mentalmente- nuestro trabajo".

De repente, su mente volvió al tiempo presente. Era momento de bajar del avión. En la parada de bus frente al aeropuerto, Hasim lo esperaba en la furgoneta que lo llevaría a su hospedaje.

II

Presagios

Esa tarde, bajo un calor agobiante, era la enésima vez que el periodista cruzaba la frontera en dirección a oriente. Sin embargo, desde el comienzo del trayecto, sintió que las cosas no iban bien. Un mal presentimiento lo acompañó desde el aeropuerto. Incluso intentando restar importancia a esa sensación que aprisionaba su pecho desde antes, inclusive. Esa noche le había costado conciliar el sueño por demás.

Su madre, acostumbrada al ritual de las despedidas, llegó a hasta él, pero no pudo contener el llanto. "Quizá intuyó que iba a recibir esa llamada, que aunque sabés que puede llegar, nunca esperás", pensó el periodista. Helena, atascada en el brutal tránsito de la carretera en hora pico, no llegó a despedirlo y debió partir. Lo invadió una sensación de nostalgia y soledad infinita.

Cuando la furgoneta que lo trasladó del aeropuerto al hospedaje llegó a destino, una creciente ansiedad comenzó a invadir a Andrés. Tardó apenas unos minutos en dejar su bolso de mano y pocas pertenencias que traía consigo en el lugar donde se hospedaría, para luego encaminarse al punto de encuentro pactado.

Mientras cruzaba el vestíbulo del hotel notó que no llevaba consigo un elemento fundamental de trabajo. Había olvidado la cámara al salir y debió volver sobre sus pasos para recogerla. El interminable pasillo que conducía hacía la pequeña habitación parecía oprimir su respiración al caminar. El aire se sentía pesado, raro. Era el asfixiante calor, supuso.

Un par de horas después, los presagios poco alentadores continuaron mientras Andrés junto a los reporteros esperaban para cruzar la frontera. Allí se dio cuenta que las agujas del reloj que siempre usaba en su muñeca izquierda se detuvieron inexplicablemente. No supo si interpretarlo como una señal nefasta y prefirió olvidarse del asunto.

Mientras se dirigía hacia la frontera y como una inequívoca luz de alerta, su incomodidad aumentó cuando, escondido en la frontera hasta donde había sido guiado por unos niños, Hasim, su contacto, no llegó a buscarlos. Y en su reemplazo envió a un amigo desconocido. Al que nadie había visto nunca.

Al tiempo que Andrés era trasladado junto a otros reporteros, los árabes le pidieron que se tumbara al piso de la camioneta. El traductor le explicó el motivo: así no le reconocerían los grupos armados que controlan las carreteras, ante la posibilidad de que fueran detenidos en el camino. El periodista, a regañadientes, aceptó. La explicación le pareció razonable, pero la sensación de inseguridad no desapareció y su inconformismo se acrecentó.

Fue en ese instante cuando Andrés recordó que, mientras viajaban en la furgoneta rumbo al hospedaje, y al momento de subir, Hasim le preguntó si podía tomarle una fotografía. "Me gusta presumir de mis pasajeros, y aquí mismo tengo al reportero estrella". Andrés aceptó, siempre y cuando la foto no circulara en redes ante el riesgo de que grupos armados quisieran secuestrarlo. En los tiempos que corren, un negocio cada vez más popular en el país.

Hasim no cumplió y colgó la imagen en la red social. "Ciertamente, se jacta de sus visitantes extranjeros", dedujo Andrés en ese momento, y trató de no prestarle importancia, luego de que el traductor le prometiera -ante su insistencia- de que había borrado la foto.

En ese instante, un violento volantazo devolvió el pensamiento de Andrés a la realidad, mientras la camioneta se balanceaba en medio de las calles polvorientas del barrio histórico de la ciudad. El conductor del vehículo tomó un camino inesperado de la forma más intempestiva. Un atajo, y otro. La violenta frenada lo dio de bruces contra el asiento del conductor. Andrés, desconcertado, sacó la cabeza por la ventana y de repente otro auto les cortó el camino. Ni Andrés ni el resto de los árabes que los acompañan atinaron de resistirse. A los segundos estaban rodeados y una docena de hombres armados apuntaban firmemente a sus cabezas, señalando que se acostaran en el piso. Andrés, aún aturdido pensó en la foto prohibida: "Hasim me vendió", pensó para sí y masculló bronca y angustia por la traición de su contacto. Estaba en el momento justo, en el lugar equivocado.

III

Vivir para contarlo

Aquel confuso episodio siguió a un interminable calvario que pondría a prueba su capacidad de resistencia. Tratando de contenerse mientras lo empujaban al abandonado recinto de la prisión, dos de los secuestradores comenzaron a hablar en tono elevado, en un idioma que no podía descifrar ni distinguir.

"¿Qué voy a hacer ahora?", Pensaba mientras caminaba por la celda. Una mezcla de sensaciones atravesó su mente y bajó por su espina dorsal convertida en un frío sudor. Presagió una muerte lenta y dolorosa. Cayó en la cuenta de que ese instante fatídico había cambiado su existencia para siempre. Preso de su propio destino, la cárcel simbolizaba en un sentido más que gráfico aquella falta de libertad individual que su profesión no le había profesado. La búsqueda vocacional de Andrés había tomado un camino peligroso.

En su memoria ha tenido que revivir una y otra vez los detalles de su cautiverio de casi un año, de los que pasó casi todo el tiempo absolutamente solo, alejado de sus compañeros, y sometido a las torturas y humillaciones de los militares de frontera. Su único escape fue, a escondidas, escribir cartas, a modo de catarsis.

Afuera, la aridez del clima no daba respiro. El sol abrasador se colaba entre las espesas nubes y el viento del desierto cortaba el aire como un cuchillo. Adentro era todo silencio, quietud, espera y temor. La fría celda sería su solitario hogar, durante 365 interminables días e igual cantidad de noches prisionero de una guerra que no era suya.

A miles de kilómetros de allí, en el hogar que compartían en Barcelona, su prometida despertó con una llamada telefónica de la madre Andrés, con la noticia de su secuestro. Se prometieron lo imposible: juntas traerían a Andrés de vuelta a la vida. La heroica y exitosa lucha de ambas, no fue menos conmovedora que la supervivencia de Andrés, rehén durante doce meses.

El mundo vio y esperó mientras se desarrollaba el drama. Después de enterarse del secuestro, su prometida, Helena, dio un paso arriesgado e inusual: en lugar de depender de las autoridades para rescatar a Andrés, utilizó su experiencia en Irak para construir un esfuerzo masivo de base para llegar a los captores y abogar por su liberación. Mientras la lucha entre las fuerzas de la Coalición y el Ejército Mahdi se desataba en Najaf, Andrés se convirtió en peón de un terrible juego político. Los secuestradores publicaron un video que amenazaba con matar a Andrés a menos que el gobierno español se retirara de las negociaciones en las próximas cuarenta y ocho horas. En respuesta, la familia de Andrés redobló sus esfuerzos y, finalmente, enviaron a un representante a Nasiriya.

Mientras Helena trabajaba en su liberación, Andrés, encarcelado bajo guardia armada en las marismas del sur de Irak, vivió la pesadilla de un rehén perseguido por los impulsos alternativos de esperanza y desesperación, su deseo de supervivencia y sus planes de escape.

IV

Pundonor

Su liberación fue fruto de una tensa negociación diplomática y su nombre recorrió -irónicamente, cumplida al fin la misión de su nombre como titular en los diarios- los principales medios de todo el mundo. Por más de un año Andrés casi no habló de lo sucedido. Tras su liberación estuvo enfocado en su recuperación física y psicológica, y de a poco fue comunicándose con los curiosos de turno que esperaban conocer su testimonio. La profesión podía ser ingratamente cruel.

"Estar allí, imposibilitado y vejado, era como una prueba, como un viaje catártico hacia ningún lugar, el cautiverio extremadamente duro. Preso, rehén sin tiempo, ni lunas ni soles...acumulando sufrimiento, perdiendo la cordura. Sobrevivir consistía en probarme ser lo más duro, hasta límites insospechados", reflexionaba. Mientras estuvo secuestrado supo la triste noticia que un amigo suyo y colega, periodista norteamericano, fue decapitado por el Estado Islámico. Trató de ser fuerte para honrar su memoria.

Ahora, habiendo atravesado tal infierno y cansado de la hipócrita moral que lo esperó a la salida del cautiverio, su mentalidad cambió. Tiene claro que ningún reportaje vale su vida y los culpables tienen dueño. En sus primeras coberturas periodísticas, allá por el lejano año 2009, cuenta que un día vio tantos muertos que dejó de lado la cámara y se puso a llorar junto a los heridos. En ese entonces recuerda que los médicos le dijeron: "Ustedes, periodistas, no están aquí para ayudarnos ni conmoverse, están aquí para contar lo que pasa".

En una fría tarde de invierno, Andrés apura el último sorbo de café y saca del cajón un puñado de cartas arrugadas, esas que escribiera en cautiverio a un destinatario imaginario. Ese que lo esperaría del otro lado del refugio y que, en un definitorio acto catártico, intentaría convertir en libro para llevar al mundo su verdad.

Inclusive ahora que la guerra no ha acabado, Andrés cura sus heridas recluido en su Barcelona natal, escribiendo. Allí, del otro lado de la frontera, a miles de kilómetros de ese lugar de masacre y horror, intenta descifrar las incógnitas de su propio territorio interior, en una lucha diaria por no convertirse en cautivo de su propio pasado.

Contradictorio, pesimista, contrariado, su respiración aún se agita y un temblor recorre sus extremidades al recordar aquel episodio traumático. Aún temeroso de un final poco feliz por venir, por momentos lamenta que su sacrificio no haya servido para nada: "Esta es gente que lo ha perdido todo, incluso la fé. Cuando una persona está desesperada y tiene tanto odio lo único que le queda es la venganza. Y ¿cómo se venga? tomando un rifle o secuestrando periodistas para sacar algún tipo de beneficios", reflexiona.

Su futuro libro de memorias guarda la esperanza de poder torcer ese destino y convertirse en esa voz a la que su vocación profesional buscaba dar eco. Acaso, aquella temprana ilusión cobrará vida en una historia en donde el amor propio puede superar la guerra, la distancia y la muerte.