FICCIONES - " Corren Voces por sus Venas"

20.10.2018

FICCIONES


"Corren Voces por sus Venas"

por VIVIANA IBRAHIM

Con Eduardo teníamos el plan perfecto. Lo veníamos masticando desde que nos llegó la noticia del cumpleaños de Marta. Eran los quince, así que se esperaba que hubiese mucha gente atenta al evento. Eso mismo representaba una ventaja. Distraídos en la llegada de Marta, aprovecharíamos para colarnos en el festejo ajeno. Ella me interesaba realmente. Hasta el momento mis esfuerzos habían sido en vano. Toda vez que inventaba excusas para cruzarla y hablarle, la encontraba tomada del brazo de alguna amiga de esas inseparables, casi pegajosas, que al verme cerca, apretaba más el brazo de Marta. Ella reía. Me miraba de soslayo mientras mi cara, roja, se incendiaba al son de su risa y haciéndome el distraído seguía caminando por los pasillos de la escuela como si nunca hubiera notado su presencia. Pero mi amor crecía, caprichoso e ignorante, por eso cuando me enteré de la fiesta le pedí a Eduardo, un compañero bastante desvergonzado del curso, que me acompañara esa noche con la excusa de la comida gratis. Le pareció una buena idea apenas lo escuchó y él mismo cooperó como un profesional dando sugerencias para entrar sin ser vistos. Acordamos cómo, dónde y cuándo hacerlo. Nada quedaría librado al azar y yo imaginaba el momento en que la mirada de Marta se juntaría al fin con la mía. Era la menor de las hermanas de un compañero de clases, Carlos. Pero a él no me hubiese animado siquiera a preguntarle por el evento. Era un pibe que inspiraba respeto. Lo apodaban "La Bestia" y a decir verdad, lo era. Durante los partidos de fútbol que organizábamos en los recreos, la patada más baja que podía darte te tocaba la nuca. Gritaba hasta quedarse sin voz y festejaba cada gol como si allí se jugase la Libertadores. Hacía trampa toda vez que le era posible pero terminado el asunto, recobraba su semblante habitual. Buen alumno y compañero, aquello quedaba en la cancha.

Llevábamos horas dando vueltas alrededor de la manzana. Eduardo parecía estar habituado a colarse en cualquier lugar, hablaba sin parar mientras esperamos a que se hiciese la hora, pero yo no lograba controlar los nervios. Mecánicamente asentía cada vez que él dejaba un espacio de silencio, pocos por suerte, y me veía en la obligación de devolverle el favor al menos con un gesto. Tenía puesto el único traje que encontré en casa. Discreto y limpio, guardaba aún cierta decencia. Eduardo, en cambio, parecía recién salido de la cancha. No tenía nada que perder ni conquista en la mira, por lo que le pareció una inutilidad gastar el tiempo en arreglarse. Eso jugaba en nuestra contra. Me resultaba difícil creer que no se darían cuenta de nuestra presencia, desentonando él de ese modo con lo que se esperaba para una ocasión así. La familia de Marta tenía cierto prestigio, la mía se arrimaba a aquello pero Eduardo, en cambio, no se molestaba en aparentar lo que no era. En eso lo admiraba. Un tipo que se maneja por decisiones y no por apariencias es alguien que merecía mi respeto, aún cuando eso incluía poner en riesgo un plan. Intenté no pensar demasiado en todo aquello y me concentré en guardar coraje para cuando tuviésemos que entrar. El tiempo infinito llegó a su fin cuando vimos aparecer por la esquina el auto lujoso que traía a la quinceañera. Cuando la vi bajar quedé inmóvil. Eduardo me tironeaba con fuerza de la manga del saco mientras mis piernas se endurecían como estacas clavadas en la tierra. Su grito y el empujón final me arrastraron hasta el salón. De un minuto a otro estábamos dentro, sin siquiera saber cómo lo habíamos hecho. No llegué a lanzar un suspiro de alivio cuando dos enormes manos me tomaron por los hombros. Me esperaba lo peor. Frente a Marta y sus padres parados en medio del salón, un hombre encargado de la seguridad nos tenía acorralados contra la pared. No puedo olvidar los ojos de ella. Al fin se cruzaban con los míos, pero ese momento tantas veces imaginado no se parecía en nada a éste. Mis pies elevados apenas del suelo por la manota del hombre y ella que ahora, no sacaba sus ojos de mí. Nos salvó Carlos, que al decir que él nos había invitado recibimos las disculpas reiteradas del señor. Le debíamos una. Y una grande.

Tal vez, animado por la deuda que sentía hacia él, fue que empecé a prestarle más atención. Lo seguía a donde fuese en la escuela y hasta me animé a jugar algún picadito con su equipo. Para cuando llegó la época de los exámenes de fin de curso ya éramos amigos. Resultó ser que compartíamos más ideas y pensamientos de lo que me hubiese podido imaginar. Con el tiempo comencé a frecuentar su casa. Hacíamos trabajos para la escuela, me hablaba de su pasión por el fútbol o compartíamos charlas sobre el Che. Cuando surgía éste tema, intentábamos no ser escuchados por su familia que, si bien eran amables, no veían con buenos ojos a los llamados revolucionarios. Marta se había puesto de novia con uno de su curso. Un flaco con cara insulsa que la seguía cual perro faldero. Fui perdiéndole el interés. Creo. O fue tal vez, el recuerdo de su mirada burlona lo que me lo impuso.

Siempre había creído que mi amigo exageraba un tanto las cosas cuando contaba en los recreos su pasión. Lo cierto era que los lunes llegaba al colegio con una voz invariablemente ronca, que mejoraba en el transcurso del día. Eso mismo me hacía dudar de que mintiera. Por otra parte era un tipo centrado, más bien serio y aplicado en los estudios. Nunca había hecho ni provocado algún desmán en la clase, por lo que un día me decidí a acompañarlo y descubrir con mis propios ojos de qué se trataba aquello que parecía ser lo único capaz de desfruncirle el ceño. Esa tarde de domingo, aparece ligada al recuerdo de Carlos. Cada vez que pienso en él, la imagen de nosotros abrazados y gritando los goles -tres a cero- junto a otros tipos que pasaban de ser desconocidos a hermanos con cada gol, cada canto, cada grito. No nos conocíamos, pero cada falta mal cobrada nos acercaba más. Al final del encuentro compartíamos algo sentados en la vereda. No digo sólo algo de tomar, allí sentados en el cordón junto a otros iguales a nosotros, algo simplemente se daba, era una comunión.

Sus padres me tomaron cariño, en especial su padre que comenzó a darme algo de dinero para que acompañara a Carlos a la cancha cuando Racing jugaba de local. Era fanático y esa pasión, entre otras me las fue contagiando hasta que las hice propias.

Íbamos a empaparnos de voces. Unas tres o cuatro cuadras antes de llegar, jugábamos con Carlos a adivinar hasta dónde llegaría la fila que, vista desde lejos, nos recordaba un sendero de hormigas obreras en primavera. saboreábamos la victoria de nuestros hombres bromeando, en ocasiones pesadamente, contra los contrincantes. Para nosotros, el juego empezaba el día anterior cuando la ansiedad se nos metía en el corazón. Su casa quedaba de paso, así que el primero en levantarse era yo que zambullía cualquier cosa en el estómago antes de salir a buscarlo. Preferíamos ir caminando inventando cantos que nos llenaban de expectativas y reíamos, mucho. Nos dábamos risa con las ocurrencias descabelladas y de ese modo, sin darnos cuenta, la hora pasaba por nuestro lado jugándonos carrera. Siempre terminaba igual, teníamos que correr las últimas cuadras para no quedarnos sin entradas y entre carcajadas nos convertíamos en dos hormigas más. Ahí, justo ahí, empezaba lo mejor. Nada nos distinguía ya de las demás. Todos hormigas sin reina. Una vez adentro, el mundo se detenía y la alegría al ver a nuestro equipo en la cancha, precalentando para la fiesta que nos esperaba, flotaba en la tribuna.

A la distancia, pienso en todo lo que aprendí de mi amigo. Buen tipo. Años más tarde, me enteraba de la boda de Marta, con el flaco que ya no creía tan insulso, Carlos ingresaba al seminario y a mí me empezaba a ir bastante bien como operador de la bolsa. Aún así, nos hicimos tiempo para encontrarnos, hablar de fútbol o compartir festejos. A mi amigo comenzaron a llamarlo Padre, y eso era realmente para muchos. Él, había logrado romper con ideas ajenas y propias que iban en contra de ese algo que llamaba igualdad. Luchaba para lograrla en el día a día porque la llevaba en el corazón no en la boca.

Y hoy, hoy me preparo para salir a buscarlo a la Iglesia de San Francisco Solano. Llego justo cuando termina de dar misa, tenemos el cumpleaños de una compañera de la villa. Estamos algo justos con el tiempo así que cerramos rápido y vamos hacia el auto. Escucho que lo llaman "Padre Carlos", mi amigo se hizo famoso, así que no me llama la atención que lo nombren o lo paren, pero él exclama "Hijo de puta". La balacera es atroz. Siento un golpe en el pecho, como un puñetazo, otro y otro más. Me derrumbo de cara al cielo y veo a la verdadera Bestia. Lo veo mientras acribilla a mi amigo. Ahogado en sangre cuento catorce. Yace sentado de espaldas a la pared, pero aún respira. Unos tipos nos suben a un auto mientras los borbotones de sangre pegan contra las ventanillas, los gritos de dolor nos ensordece. El médico del sanatorio al que nos trasladan, me trasmite, luego de operarme catorce veces, las últimas palabras de Carlos "No me opere a mí, primero hay que salvar a mi amigo".

Viviana Ibrahim, 2017

Ricardo Capelli es operado catorce veces. Catorce son los disparos que recibe el Padre Carlos Mugica el 11 de mayo de 1974.